Hay personas que pueden estar muertas de cansancio, pero si no tienen una almohada entre los brazos, simplemente no se duermen. Y no, no es maña.
Desde que somos bebés, sentirnos abrazados es lo que nos dice que estamos a salvo. El psicólogo John Bowlby explicaba que nacemos buscando a alguien que nos proteja, y el pediatra Donald Winnicott descubrió que cuando ese alguien no está cerca, los niños se aferran a un peluche o a una cobijita para sentirse acompañados.
Muchos crecimos, dejamos el peluche, pero nunca dejamos de necesitar eso.
Con los años, ese peluche se convierte en una almohada. Abrazarla y sentir que hay algo ahí, con forma y con peso, le dice al cuerpo que puede bajar la guardia. Por eso hay quien la aprieta contra el pecho después de un día pesado, o quien busca algo que abrazar cuando la cama se siente muy grande.
Y muchos hombres lo hacen también, aunque casi nunca lo cuenten.
No es debilidad. No es ser infantil. Es una forma silenciosa de decirnos a nosotros mismos que todo está bien, que podemos descansar.
Así que si tú eres de los que no se duermen sin su almohada, no estás solo. Solo estás buscando, sin darte cuenta, lo mismo que buscabas cuando eras chiquito: sentirte acompañado.
