Afecta su hígado, sus dientes, sus huesos y su cerebro, desde el primer trago. Comparte esta información con todas las personas que tengan hijos en casa.
Una lata trae unas 10 cucharaditas de azúcar; una botella de 600, hasta 15.
EN LOS DIENTES
Es lo primero que toca. El azúcar alimenta a las bacterias de la boca, que la convierten en ácido; y el refresco además trae su propio ácido, el mismo que le da el sabor "picante". Los dos juntos desgastan el esmalte, que no se regenera. Por eso los niños que toman refresco a diario tienen caries en dientes que apenas salieron.
EN EL PÁNCREAS
A los 20 minutos el azúcar ya está en la sangre, de golpe, y el páncreas suelta una descarga de insulina para bajarla. En un adulto eso cansa; en un niño que lo hace todos los días, el cuerpo va dejando de responder a la insulina, y eso es la puerta de la diabetes tipo 2, que antes era "de adultos" y hoy ya se diagnostica en niños de 10 y 12 años. Y una hora después, cuando el azúcar cae más abajo de donde empezó, viene el hambre y el mal humor, y pide otro.
EN EL HÍGADO
La mitad de esa azúcar es fructosa, y la fructosa solo la procesa el hígado. Cuando le llega de más, la convierte en grasa y la guarda ahí mismo. Repetido cada día, el hígado del niño se va llenando de grasa: eso es hígado graso, y hoy hay niños de primaria que lo tienen. No duele, no se nota, y es la antesala de la cirrosis, la misma que antes solo veíamos en alcohólicos.
EN LOS HUESOS
Las de cola traen ácido fosfórico, que estorba para que el cuerpo absorba el calcio. Y el refresco casi siempre está ocupando el lugar de la leche o del agua. Un niño está construyendo el hueso que va a tener toda la vida, y lo está haciendo con menos calcio del que necesita.
EN EL CEREBRO
El azúcar y la cafeína de las colas le dan un subidón de energía y de atención que dura media hora; luego la caída: irritable, distraído, con sueño en clase. Y el cerebro aprende: el refresco se vuelve la recompensa que pide cuando está aburrido, triste o cansado. Esa costumbre no se va sola a los 18.
Y en México esto no es teoría: 7 de cada 10 niños y adolescentes toman refresco todos los días, y somos de los países con más niños con obesidad y diabetes. Los médicos lo dicen claro: el daño que se hace en la infancia no desaparece de grande.
Lo que sí funciona: agua en la casa, siempre a la mano y fría, y el refresco solo en fiestas, no en la mesa. Un niño que no lo tiene en el refri no lo extraña; el que lo tiene, lo pide cada día. Y empieza tú, porque toma lo que te ve tomar.
