Lo que comiste hoy está a punto de empezar un viaje de casi nueve metros y hasta tres días dentro de ti. Va a ser triturado, ahogado en ácido, exprimido y desarmado pieza por pieza, hasta convertirse en popó. Y lo más increíble es que todo ocurre ahora mismo, en silencio, sin que tengas que pensar en nada. Este es el asombroso viaje de la comida dentro de tu cuerpo.
Todo empieza en tu boca. En el momento en que muerdes, tus dientes trituran la comida en pedazos cada vez más pequeños; a esto se le llama digestión mecánica. Pero al mismo tiempo ocurre algo invisible: tu saliva contiene una enzima llamada amilasa, que empieza a romper los carbohidratos incluso antes de que tragues. Por eso, si dejas un trozo de pan en tu boca el tiempo suficiente, empieza a saber dulce. Tu lengua junta todo en una bola blanda y húmeda, lista para bajar.
Pero ahí hay un peligro. En tu garganta, el camino del aire y el de la comida casi se cruzan. Para que no te ahogues, una pequeña tapa de cartílago llamada epiglotis se cierra como un interruptor sobre la entrada de tus pulmones, y deja que la comida pase solo hacia el tubo correcto: el esófago.
El esófago es un tubo de músculo de unos veinticinco centímetros que conecta tu garganta con tu estómago. Y aquí viene algo curioso: la comida no cae por gravedad. Tu esófago la empuja con una serie de contracciones en forma de ola, llamadas peristaltismo. Son tan poderosas que podrías tragar de cabeza y la comida igual llegaría a tu estómago.
Al final del tubo te espera el estómago, una bolsa muscular con forma de letra J. Sus paredes están llenas de pliegues que le permiten estirarse y guardar más de un litro de comida de una sola sentada. Pero el estómago no solo almacena: aquí empieza la parte más violenta del viaje. Sus paredes liberan un ácido tan fuerte que podría corroer el metal, y comienzan a batir la comida sin parar, mezclándola con jugos digestivos hasta convertirla en una papilla espesa. Ese ácido, además, mata a la mayoría de las bacterias que entran con lo que comes. Después de unas horas, lo que entró como un plato de comida sale convertido en una mezcla líquida y ácida.
Esa papilla pasa, poco a poco, al intestino delgado, y aquí ocurre la verdadera magia. El intestino delgado de un adulto mide alrededor de seis metros, todos enrollados dentro de tu abdomen. Su primera parte, el duodeno, recibe la ayuda de dos órganos: el hígado envía bilis para deshacer las grasas, y el páncreas envía jugos que terminan de romper las proteínas y los carbohidratos. Sus paredes están cubiertas por millones de pequeñas vellosidades, como una alfombra microscópica que, si se extendiera, cubriría casi una cancha de tenis entera. A través de ellas, los nutrientes de tu comida pasan a tu sangre y viajan a alimentar cada célula de tu cuerpo: las proteínas se vuelven aminoácidos, las grasas se vuelven ácidos grasos, y los carbohidratos se convierten en azúcares simples.
Cuando ya no queda casi nada que aprovechar, lo que sobra entra al intestino grueso, o colon. Aquí viven billones de bacterias, tu microbiota, que se alimentan de los restos y hasta producen algunas vitaminas para ti. El colon tiene una última tarea importante: absorber casi toda el agua que queda, para que tu cuerpo no la desperdicie. Por eso lo que entró líquido se va volviendo, poco a poco, cada vez más sólido.
Al final de todo el camino, esos restos sólidos, que ya conocemos como heces, llegan al recto, que funciona como una sala de espera. Cuando se llena, tu cuerpo te avisa, y los músculos lo empujan todo hacia afuera a través del ano. Así termina un viaje de hasta tres días y casi nueve metros de largo.
Y lo más asombroso de todo es que esto (triturar, disolver, absorber y expulsar) tu cuerpo lo hace solo, todos los días, sin que tengas que mover un dedo. Si te sorprendió descubrir todo lo que pasa dentro de ti cada vez que comes, comparte este video con alguien que también quiera verlo y dale like para seguir viajando por el cuerpo humano.
Redacción Primeros Auxilios