Un abrazo de papá se queda en el cerebro de una niña. Soy psicóloga, y lo que pasa en ese momento no se ve, pero se mide: su cuerpo suelta oxitocina, la hormona del apego, y baja el cortisol, la del estrés. Para su sistema nervioso, ese abrazo dice una sola cosa: “estoy a salvo”.
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¿POR QUÉ IMPORTA TANTO?
Una niña que se siente protegida piensa mejor, duerme mejor y se atreve más. No es frase: cuando el cerebro no está ocupado en defenderse, puede ocuparse de aprender. Y con los años, esos abrazos se convierten en algo que ninguna palabra construye: la seguridad de que ella vale sin tener que ganárselo.
El cariño del papá le enseña, además, cómo se siente un hombre que la quiere bien. Que el amor no duele, que no se pide a cambio de nada y que sus límites importan. Esa es la medida con la que va a comparar a todos los que lleguen después.
Los estudios de paternidad lo confirman: las hijas con papás presentes y cariñosos tienen más seguridad emocional, manejan mejor lo que sienten, le temen menos al abandono y ponen límites con más claridad. No es garantía, pero sí es ventaja.
LO QUE MUCHOS PAPÁS HACEN SIN DARSE CUENTA
Abrazan mucho a la hija de 5 años y dejan de hacerlo cuando cumple 12. Les da pena, o creen que ya no lo necesita. Es justo al revés: en la adolescencia es cuando más lo necesita, porque si no lo encuentra en casa, lo empieza a buscar afuera, y no siempre con quien debería.
Así que no se suspende. Cambia de forma: un abrazo al llegar, una mano en el hombro, “estoy orgulloso de ti” dicho de frente. Y a los hijos varones también: a ellos los dejan de abrazar todavía más pronto.
¿Y SI NO HAY PAPÁ?
El cerebro de la niña no pide un apellido. Pide un hombre que la abrace sin pedirle nada: un abuelo, un tío, el esposo de mamá. Si hay uno, ese papel se cumple.
Un papá no cría solo pagando cuentas. Cría cuando está, cuando escucha, cuando abraza. Y a veces un abrazo de papá no cambia solo el momento: puede cambiar la forma en que una niña se ve a sí misma.
